“…Ser padre es el oficio del hombre más grandioso. La figura paterna en un hogar da seguridad, aplomo y marca la frente y carácter en los hijos. ..”
El oficio y la condición fisiológica de ser madre es un hecho que la memoria de Humanidad va registrando sin descanso. Mas la condición de padre para el hombre no ha sido destacada en la cultura de todos los pueblos. La madre pare la criatura, da su sangre y da su leche, pasa en blanco noches enteras procurando que el fruto de sus entrañas supere el duro bregar que la vida le propone. Pero... ¿cuándo el hombre se ha parado a sopesar su papel de padre, en igualdad, frente a la madre? No es que acalle llantos, ni lave pañales, ni cure heridas, ni lo lleve de la mano en la mañana a la escuela. No. No es solamente eso.
La función del hombre frente a la vida que con su semen dio inicio, es de suma trascendencia. Con ello surge un estatus nuevo que convierte al muchacho irreflexivo en sujeto responsable de un ser humano, tan grandioso y frágil como él mismo. En adelante, ya no podrá refugiarse en la inconciencia, en el viejo papel de macho que por nada ni por nadie se hace cargo. Todavía en el siglo XXI en Occidente sufrimos el síndrome de que la carga del cuidado de los hijos es para la madre.
El hombre ha ido acuñando slogans para zafarse y alejarse de la piel, los genes, el carácter y el futuro del ser que es la mitad de su pasión y de los sueños en la cama. “La mujer es la reina del hogar”, “Nadie cuida mejor a los hijos que la propia madre”, “No puede dejarse al cuidado de una empleada ignorante o de un jardín la educación de los hijos”. “No hay que traer hijos al mundo para ponerlos en manos de cualquiera”. “Yo pongo el trabajo, el sueldo, pago los servicios y la pensión del colegio y que la madre haga lo demás”. Y… ¿el hombre frente a sus hijos, qué? Cuando está en casa no deja tocar a “su” hijo y manda, como en el trabajo, en donde permanece más de la mitad del día. Ya no hay reina sino rey de jotas. Él regaña, ordena y exige racional uso de lo que da “para la casa”. Enseña con su ejemplo conductas, lenguaje y modelos de trato a la mujer de sus fantasías. Los slogans pasan a segundo término cuando el hombre llega del trabajo. Pero, esa es la escuela donde se modela a las mujeres y hombres del mañana. Razón tiene Leo Buscaglia cuando escribe que amar a una mujer y a los hijos no se aprende en clases de colegio ni en la universidad. Sólo se aprende y se enseña en el seno del hogar. Se aprende con flexibilidad, con ternura, con paciencia, con abrazos, cediendo tiempo para la escucha y horas de periódico y amigos. ¿Alguna vez el hombre se ha sentado a construir con la madre su papel de padre?
La consideración y valoración de la mujer es tan importante en la educación de los hijos como el mismo cariño por ellos por parte del hombre. Las dos realidades no van por caminos diferentes. Es un equilibrio sano el que se ofrece. Sí. Tal vez haya necesidad urgente de replantear el esquema de vida y virar a fondo si es que se habla de amor. En este momento de tanta agresión, hace falta sentir que tenemos comida, que vale nuestro trabajo, que alguien nos ama. La felicidad nos pide que amemos en paz y de verdad, a quienes la vida nos dio como hijos, sin dejar a un lado a la mujer que un día hizo posible gozar a quienes nos llenan de besos y de preocupación. Ser padre es el oficio del hombre más grandioso. La figura paterna en un hogar da seguridad, aplomo y marca la frente y carácter en los hijos.
El padre hombre comunica al hijo serenidad, valentía, amor por el trabajo y mirada firme en la soledad y dudas. Si el hijo siente que su padre alarga hasta él su mano, la tranquilidad invadirá su ser. Sus enseñanzas le harán mirar más allá de su nariz y de lo que alcanzan a ver sus ojos inexpertos. A su lado él sostendrá sus pasos, el miedo no lo visitará de noche ni sudará en vano por desiertos con vientos y sin flores. Aprenderá a saborear las cosas de la vida sin límite en los gustos, experiencias y deseos. Conocerá el placer de lo desconocido y distinguirá sin terror el dolor y las traiciones. Sentirá el calor y el nombre del abrazocuando sus brazos lo saluden en la puerta. El padre comprenderá que toda su vida valió cuando el hijo o la hija ría o llore de alegría con su presencia y su sonrisa.
Por: LEOPOLDO DE QUEVEDO Y MONROY