Jovita, a la Calle

Jovita Feijó es uno de los pocos iconos populares de Cali cuya vigencia colectiva perdura. Como todo aquello que conserva vigencia, la dificultad unta su camino con falsa miel. No ha sido fácil. En esa tarea es mi deseo destacar una voz, una voz única en cuanto que la soledad era toda su compañía; una voz, una voz de poeta porque pregonaba los atavíos de la jurisprudencia del verbo; una voz, esa voz, la voz de Javier Tafur, que durante las décadas de 1980 y 1990 arrulló el desengaño de Jovita y fortificó nuestra ansia de no sucumbir ante el desdén por lo que somos. Es decir, habló de ella, escribió desde ella y así, en esos años, la mantuvo en el regazo de las cuitas de nuestra ciudad. Finalmente, el poeta Tafur la convidó a hibernar en el patio de la casa durante lo prosaico de esos días. Casi todos se olvidaron de ella, salvo cuatro o cinco tan risueños como compungidos, tal cual era ella. Del clóset del olvido en el cual la ciudad confinó a Jovita, paulatinamente su figura empezó a surgir, a resurgir sería lo correcto, a partir del comienzo del siglo. Así pues, del clóset del olvido Jovita pasó de nuevo al desenfreno del vaivén social. Tal vez no tanto como cuando vivía, lo cierto es que hoy participa de los horizontes simbólicos caleños. Es parte de la vía pública. Por fin salió a la calle otra vez. Lo literal de mi aseveración lo constata cualquiera que transite por la Calle Quinta con Carrera Quince, frente al Colegio Republicano de Santa Librada. En ese parquecillo habita una estatua de Jovita, obra del iconólogo Diego Pombo. Tal como se lo comenté al iconólogo el día en que una grúa detuvo el tráfico sobre el puente de la Calle Quinta tanto para elevar los cuatro metros de la estatua de Jovita como para sopesarla antes de colocar su perspectiva del mundo en el sitio donde hoy está, opino que quedó de espaldas pues mira hacia la Carrera Quince, desde donde la velocidad vuelve lejano su rostro. Eso poco importa si tomamos en cuenta no sólo el hecho de que Jovita salió de nuevo a la calle sino que, de igual manera, la ciudad le dio la espalda a ella muchos años. Ya muerta, ya silente su rumor pulmonar desde hace más de 35 años, por ventura se encontró con el único iconólogo que conozco o del que poseo noticia, Diego Pombo. Quizá, durante los últimos tiempos, no sólo a él se le ha ocurrido invitarla a salir pero lo cierto es que sólo él logró que ella aceptara. Y allí está. Esa es la acepción positiva del título de las palabras que ahora usted lee: Jovita salió a callejear. La de contrario signo, la acepción claudicante, me abruma. Fíjense, caleñas y caleños, en esto: está próximo el ignorante día en el cual, con el propósito de la renovación urbana, nuestra ciudad va a echar al piso, va a demoler, la casita en la cual vivió y murió Jovita Feijó. En efecto, doña María viuda de Ramos mora en esa casa desde hace ochenta y un años, los mismos que lleva viva pues ahí nació. Ella, que es la madre de otro icono local, Amparo Arrebato; ella, que durante años y años alojó, cuidó, alentó y comprendió a Jovita; ella, que en un único día veló el cadáver y pagó el funeral de la Reina de la Caleñidad; ella se encuentra cerca de la hora bárbara en la cual esta ciudad le pagará su querencia, su aporte, mediante el derribamiento no exclusivamente de paredes, puertas, techos y ventanas de su casa sino, con igual desdén, mediante el derribamiento de las posibilidades que trae la memoria urbana. Ubicado entre las calles 16 y 17 con Carrera Primera A, el hogar de tanta identidad, el lar donde Jovita en los instantes previos a salir a la calle se poseía a ella misma para tolerar con elegante ironía que la ciudad la tuviera por loca; esa casa que hoy pretenden derruir podría convertirse para los extraños en museo y para los de estas tierras en solaz que arrebata a las décadas su mezquindad. Incluso en atractivo turístico, si lo que los urge es el afán fenicio. Pero no. Al suelo irá si nada se hace para evitarlo. Por lo tanto, después de que el poeta Javier Tafur la mantuvo viva con comedidas tandas de respiración boca a boca, ya cuando el iconólogo Diego Pombo logró que Jovita saliera con él, ya cuando la convenció que lo acompañara a callejear, vamos a echar a la calle la memoria de Jovita. Una cosa es que alguien salga a la calle y otra cosa es que lo echen a la calle. Que ella sepa que no todos ni todas nos sentimos representados en ese empeño de renovación urbana, que más bien debería llamarse de desolación urbana. Se trata de reducir a las ruinas del olvido el talante de la racionalidad que, como urbe, hemos construido. Cali es de las pocas ciudades que se ha definido mediante la bondad de cierta clase de locuras; mediante su desahogo propositivo, su audacia no individual, su ampliación de las fronteras de la libertad. Más que un símbolo, Jovita es un límite del carácter local. Propongo un sueño colectivo: la casa de Jovita en medio de un parque temático dedicado a la investigación sobre la naturaleza de nuestra identidad comunitaria. Esas paredes de bareque, ese techo doblado por el tiempo, en la mitad del stress cosmopolita, en medio de las venas del agite vial, para que, de vez en cuando, saboreemos la tranquilidad que trae el parecerse a uno mismo.

* Profesor Medio Ambiente Universidad Autónoma


Por: FELIPE ANGEL

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