
¡Recojan todo
que nos vamos...!
El combatiente Pedro Colombia Campos, con un fusil desde un bando
disparaba contra Juvencio Colombia Campos, quien respondía desde el otro,
en una guerra en la que no era necesario apuntar muy bien
para matar al hermano, y en el medio,
María Campos de Colombia con sus tres pequeños hijos
se refugiaba asustada bajo el dosel esquivo y absurdo de la patria.
Levantaba angustiada una trinchera de plegarias para cubrir a sus niños,
se mordía los labios para inventar un silencio de siglos,
se tapaba los ojos con una venda de miedo para crear una larga sombra,
larga y ancha, ancha y alta, alta y eterna.
Al otro día, la señora Campos de Colombia dobló su sábana de frío,
Empacó su río de sangre y despertó a sus hijos:
¡Recojan todo que nos vamos...!
Ellos corrieron a guardar las verdes chirimoyas
que habían derrumbado los disparos,
recogieron las multicolores plumas de las guacamayas heridas,
espantaron por un instante a los insaciables gallinazos,
se llenaron los bolsillos de los ojos y las mochilas del alma
de paisajes adultos y de infantiles recuerdos.
Les quedó pendiente visitar el nido vacío de las recién nacidas tórtolas,
Ir a la vertiente en el siguiente mes y en el siguiente año,
leer la intención de las moscas en la última carta de las arañas,
derrumbar con un suspiro la transparente gota de sudor en el rocío,
dejarse despertar esa mañana por el trinar de los cucaracheros,
jugar a la guerra con amor, en los cercanos potreros
y escuchar el póstumo canto del leñador vecino.
La señora Campos partió con sus hijos inventando trochas, esquivando caminos,
Las huellas que dejaron sobre la tierra sus inciertos pasos,
fueron cuatro patas de caballo, tres pares y medio de pies,
y hundidos en la tierra, puntos de muleta profundizados en el suelo.
Al llegar a la ciudad caminaron sobre suelos y corazones pavimentados,
desaprendieron que el agua baja bailando por entre cauces y guaduas
y que para pagarla es suficiente sembrar un árbol y mirar al cielo.
Aprendieron que las calles aran la vida bajo los pies descalzos,
que los relojes suenan a las cinco de la mañana pero no producen huevos,
y que llaman a los obreros, pero no despiertan a los hombres;
que el trabajo es una forma de comer, pero no una manera de vivir,
que los celulares acortan las distancias, pero separan las miradas
que los aleros producen sombra pero no frutos maduros,
que hay sabios, buscando crear robots que decidan libremente
pero evitando que los hombres piensen,
que los bombillos alumbran pero no invitan a mirar al cielo.
Al sentir que la indiferencia es una bomba antipersonal
estallando bajo las muletas,
que la deferencia es un cóndor sin Andes y sin vuelos,
al descubrir que sus pasos dejan huellas de tierra sobre el agreste cemento,
que las chirimoyas se maduran en el fondo de los morrales,
y que las plumas de las guacamayas quieren retomar el vuelo;
Al sentir que desde el hambre odian la comida que no comen
desde la imposibilidad de pagarse un estudio detestan a los colegios
y que desde el caminar descalzos por las calles repudian los zapatos ajenos,
la señora Campos de Colombia levanta sus manos
recoge los pedazos de viento que le quedan libres al silencio,
mira de frente a sus hijos y empezando a caminar les dice...
¡Recojan todo, recojan todo que nos vamos...!
Por: GUILLERMO TOVAR TORRES
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